Cuento I: The Rise and Fall

Se mantenía de pie a duras penas, sostenido por los brazos gordos de dos hombres inmensos. Ya había perdido el control de su cuerpo débil y marchito, su cabello sudoroso se adhería al rojo cráneo, hasta la piel había perdido su brillo natural y destilaba ahora olor a sudor y sangre. No podía oír ni ver bien, pero sabía que sus dos grandes compañeros y él no eran los únicos en el sitio, esta vez tenían un público muy variado. Le hubiese gustado poder abrir el ojo derecho un poco más, pues el izquierdo estaba completamente cerrado de la hinchazón, para saber dónde se encontraban.
Cuando le quitaron las ropas para seguir humillándole, la pequeña audiencia estalló en alaridos, pero ya poco le importaba, ni siquiera el frío contacto con la nieve le causó la mayor impresión. Tal vez se lo estaba imaginando todo, tal vez todo era una alucinación causada por la fiebre que le acechaba cada noche. Sin embargo, lo único que podía sentir su cuerpo entumecido por el dolor era el frío lacerante de una noche temprana y poco estrellada. Después de haber sido usado como saco de entrenamiento durante meses, sus captores pensaban que aún no había captado bien el mensaje que querían transmitirle, pues de sus labios no había salido palabra alguna además de gemidos y quejidos. Quizás pensaban que era un hombre muy fuerte y difícil de persuadir. Hasta ahora, la rabia y la indignación eran lo único que lo mantenía consciente de lo que sucedía, y, a pesar de que en el fondo sabía que su resolución al silencio acabaría fatídicamente, conseguía, de algún lado desconocido, las fuerzas para urdir algún plan de escape.
Recordó entonces, muy vagamente, la razón por la que estaba ahí a la merced de las risas y las burlas, de la humillación y el dolor, prácticamente tocando a las puertas de Las Tierras sin Sol, el glorioso reino de la muerte.
No fue sorpresa para él el haber sido traicionado por su bando, después de todo era una guerra abierta, y las luchas por un ideal suelen ser más individuales que grupales. Pero cuando ese ideal trastoca su mirada y deviene ciego, se convierte en una lucha por la supervivencia del más fuerte, una guerra de todos contra todos en donde el más poderoso debe ser derrocado. Y él había amado demasiado el poder, había sido su amante más fervoroso, hasta convertirse, sin proponérselo, en esclavo y siervo de esa fuerza que tanto anhelaba poseer. Ciego de soberbia acometió en contra de sus propios camaradas, y su suerte dorada comenzó a perder el brillo. Tal como aquel que más ama es desechado sin ningún miramiento ni lástima, así fue abandonado a merced de sus adversarios, unos cientos más con aptitud de vasallos de la autoridad. Y una vez desamparado a su suerte, estuvo cautivo durante mucho tiempo, preso del escarnio público y privado de unos pobres que se vanagloriaban de poseer en sus manos lo que él alguna vez pudo disfrutar.
La tortura había sido el precio de la traición, y aún no había acabado. El hierro atravesando su piel fue inesperado, y sin embargo, lo estaba esperando. Abrazó aquel instante con una resignada sumisión mientras su cuerpo era sacudido nuevamente un par de veces seguidas y se precipitaba al suelo, de bruces contra la nieve. El efecto era impresionante, tal vez, después de todo, no estaba alucinando. Sabía que ya había aceptado la muerte cuando notó una sutil y placentera diferencia entre esta nueva sensación y la de las constantes torturas de que había sido víctima. Hasta la sangre que corría por sus labios y borboteaba de su boca tenía un sabor diferente, tal vez menos amargo. La muerte no era nada como él se lo imaginaba, las conjeturas y las suposiciones no pertenecían a su reino, sólo la actualidad del instante era verdadera, ella misma era lo real.
Permaneció un rato quieto, escuchando los murmullos a su alrededor apagarse, sintiendo algunas gotas rodar por su barbilla, esperando ver aquella luz que muchos describen como el clímax del proceso de transición entre la vida y la muerte, o al menos aquello de que los episodios más impactantes de su vida le aparecen en secuencia de imágenes. Nada. Nada cambió; ninguna luz apareció, ninguna imagen en particular acechó su cabeza, ni repentinas ganas por confesar sus culpas y arrepentirse por sus faltas. Comenzó a nevar, pero ya su cuerpo estaba tan magullado y entumecido que la nieve y el frío no eran adversario alguno. La sangre se había secado alrededor de su garganta facilitándole el trabajo de las balas, impidiéndole respirar. El tiempo parecía estarle jugando una mala pasada, alargando los segundos en minutos y haciéndole creer que agonizaría eternamente. Por un instante sus sentidos se agudizaron, pudo moverse ligeramente y su tacto pudo sentir la textura de la nieve a través de su piel desnuda, su gusto la dulzura de la sangre reseca derramada más de una vez, su ojo, el único que podía abrir, ya no miraba al vacío, sino que parecía darse cuenta de la inmensidad de las estrellas. Y, al exhalar su último suspiro, mientras una cruda lágrima; aquella que se había negado a derramar durante toda su vida, le corría por la mejilla, escuchó desde lo lejos una dulce armonía de voces, la hermosa melodía de un villancico navideño.

Comentarios

Raúl dijo…
Felices fiestas, Alice, y gracias por tu visita.

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