Cuento II: Khâlid Infero.

Se despertó con el calor incandescente palpitando en su cuerpo adolorido, los rayos del sol quemándole a través de los párpados cerrados que se negaban a despertar, la arena metiéndosele en los oídos, en la boca, dentro de su ropa, en todos lados; la sed abrasadora ardiendo en su garganta. Era ya el quinto día que Thaleb dormía sobre la arena caliente, bajo el inminente sol que anima y da vida a cada ser que habita bajo el seno del majestuoso desierto de Khâlid Infero.

Thaleb tenía los ojos negros como su padre, la piel morena, tostada por el sol y el cabello rizado, también negro. Al parecer la terquedad y el hambre de riesgos también las había heredado de su padre. Era un chico callado pero diligente, y siempre había sentido hervir en su interior las ansias de aventurarse en un mundo desconocido, sabía que en el libro de su vida estaba escrito algo más que ser el dependiente de un puesto de verduras. Además, siempre había creído con mucha convicción que las cosas sucedían por una razón; pensaba que todo suceso, sea cual sea su efecto en cualquier vida, era bueno, porque brindaba las condiciones para aprender de él y, a la larga, se convertía en un forjador de oportunidades, en un constructor de caminos y de experiencia. Exponerse a un mundo desconocido era seguramente un riesgo, pero Thaleb creía que aún si el viaje terminaba siendo un fiasco habría valido la pena. Sin embargo, ahora mismo, atrapado en un desierto sobrecogedoramente grande y temible, prisionero, sin comida, sin agua y en medio de una guerra, sentía que nada de lo que pudo haber pensado o creído antes tenía sentido, y que la maravillosa idea que había tenido hace unas semanas de ver el mundo con sus propios ojos había sido la tontería más grande que había cometido. No, haber envenenado la cabeza de su hermano menor con ideales maravillosos del viaje que le esperaba si le acompañaba -y haberlo convencido, había sido la tontería más grande.

Se habían unido a la caravana en contra de las órdenes de su padre. A Thaleb no le importó. Su padre estaba celoso, pues su hijo se había decidido a hacer algo que él nunca tuvo la valentía de llevar a cabo. Su hermano Kassem estaba incluso más ávido de algo nuevo que el mismo Thaleb, no hizo mucho esfuerzo de su parte para persuadirlo de que se uniera a él. Después de todo, y a pesar de que Kassem tenía los ojos castaños, se parecían demasiado en carácter. Kassem era quizás más temerario que Thaleb. 
Unas semanas antes de partir habían frecuentado a los mercaderes locales y a los jefes del grupo viajero, tanto para recibir el corto adiestramiento en las leyes del desierto como para establecer contactos y enterarse de las últimas noticias al otro lado, de los prodigios que les esperaban. Las expectativas eran altas, y con razón; los rumores de la inminente y creciente riqueza económica y cultural al otro lado hacía tiempo que habían dejado de ser rumores. Ahora todo el que encontraba el dinero, o más bien las agallas para irse, lo dejaba todo y se arrojaba a los temibles brazos del desierto, lanzándose de una vez al vacío de la incertidumbre con la esperanza de encontrar algo mejor. También se habían preparado en el uso de las armas, disponiendo de la mayoría del dinero que habían logrado sacar del bolso familiar. Un arma personal era imprescindible en el viaje, pues nunca se sabía cuando las provisiones se acabarían y haría falta cazar cualquier desafortunado animal. Iban cargados con un par de rifles largos cada uno y un arma blanca siempre escondida en el cinturón o en el bolsillo interno de las botas. Thaleb estaba impresionado, su pequeño hermano Kassem era tan hábil con el rifle que ya había aprendido a desmontarlo y volver a ensamblarlo en un tiempo admirable para su edad. Incluso uno de los jefes de la caravana se mostró sorprendido, a pesar de que les aclaró a ambos jóvenes que hacía mucho tiempo que no usaban las armas en plan de ofensiva, sin embargo era necesario llevarlas al viaje. Y pensar que una vez adentro –pensó Thaleb más adelante- el saber manejar estas armas no representa un factor decisivo para conservar tu vida.

El grupo había salido una mañana, el sol acababa de ponerse en el horizonte y una muchedumbre rodeaba los lindes de la ciudad; ojos llorosos de mujeres agitando pañuelos blancos, unos cuantos hombres arrodillados frente al Pastro, un anciano de quienes recibían bendiciones y que pedía a los dioses las protecciones pertinentes para los viajeros y la mercancía. Todos sabían lo arriesgado y engañoso que puede ser el desierto, pero hay una ley de oro para cada viajero: una vez se entra no se puede volver atrás, hay que seguir adelante. 
Así se despidieron Thaleb y Kassem del que hasta ahora había sido su hogar, ahora les esperaba algo mucho más grandioso, la ciudad se les había hecho muy pequeña y se embarcaban ya en un viaje sin retorno; un paso con los ojos vendados ante la fuente más inagotable de venturas y misterios, el Khâlid Infero. Anduvieron durante un par de noches deteniéndose sólo para poder comer y descansar luego de la larga caminata. La noches eran todo un espectáculo, al mirar hacia arriba, contemplando las estrellas, los jóvenes no sabían cuál era más majestuoso, si el desierto o el cielo. 

La tercera noche, durante la gran fogata, el viento sopló inusualmente fuerte. Un aura extraña afloraba en el ambiente pero ninguno pareció notarlo, entretenidos como estaban con el baile de las odaliscas y el gran festín. Nadie vio llegar al forastero encapuchado que llegaba en un caballo negro y pedía hablar a solas con el jefe de la caravana. Todo sucedió demasiado rápido, el sonido de los tambores, los panderos y los aplausos ahogaban el repiqueteo de los cascos sobre la arena. En menos de cinco segundos el eco de las armas descargándose interrumpió el silencio centenario del desierto. El baile alegre se había convertido en la danza del pánico y los gritos. Pocos tuvieron oportunidad de ponerse a salvo, lo cual era prácticamente imposible en ese lugar, aún menos tuvieron la suerte de salir completamente ilesos. Algunos valientes tomaron sus armas y dispararon en respuesta, pero fue en vano, los invasores los superaban en número y equipo. Para después de la media noche, alrededor de cien encapuchados habían tomado por la fuerza la caravana, degollado a los jefes principales, fusilado a los hombres que se atrevieron a resistirse y repartido entre ellos a las mercancías y las mujeres. Los pocos jóvenes que viajaban, entre ellos Thaleb y Kassem, habían sido arrinconados frente a una de las tiendas de campaña y escuchaban con un nudo en la garganta, y paralizados por la conmoción, la funesta noticia de que se había declarado guerra abierta entre los clanes del desierto. Observaban enmudecidos y aún temblando cómo una pequeña pila de cuerpos sin vida ardía en lo que antes había sido una alegre fogata. El aire estaba ahora contaminado, hedía a humo y carne quemada, a odio y a muerte. El viento traía consigo el aroma de la batalla.

La Hermandad de Mahred y Los Hijos de Khadar habían sido enemigos declarados desde tiempos ancestrales. Contaban las leyendas que, en los tiempos en los que aún las ciudades no se habían agrupado como las conocemos, las batallas entre ambos clanes se tornaban tan sangrientas y violentas que acabaron por destruir las tierras en un modo terrible; así desataron la ira de los dioses y fueron desterrados a vivir eternamente en el territorio que tanto habían corrompido, una tierra poderosa que aprendieron a temer y respetar. Hacía ya más de mil años que ambos clanes habían firmado un pacto de no agresión que garantizaba la seguridad de comercio y transporte entre ambos lados del desierto. Tal época de tranquilidad parecía haber llegado a su fin. El lugar que tanto habían disfrutado los dos hermanos los últimos días se transformó en aquella bestia terrorífica que les habían descrito desde pequeños. Todos se dieron cuenta, incluso Thaleb lo supo esa noche, y el pánico lo invadió con un espasmo. Ahora sí que el desierto de Khâlid Infero: El infierno eterno, le haría justicia a su nombre. 

El grupo de invasores en cuestión era tan sólo la tercera parte de un ejército que pertenecía al clan de Khadar. Los Poderosos, les llamaban, según significaba su nombre en la lengua antigua. Permanecieron toda la noche hartándose con una considerable ración de la comida y la bebida que se había guardado para el resto del viaje. Los prisioneros se mantuvieron callados en la oscuridad, habían sido despojados de sus armas y de cualquier esperanza de llegar al otro lado del desierto, escapando así de la guerra, mucho más las de volver a casa. Kassem hizo cuentas mentales, considerando que habían pasado tan sólo tres noches de camino y no habían andado muy rápido, aún les faltaba más o menos una semana de recorrido para llegar a la otra ciudad. Le echó una mirada suplicante a su hermano mayor, buscando en vano alguna perspectiva tranquilizadora, pero Thaleb no pudo soportarlo y ni siquiera le miró, siguió observarlo el horizonte con la vista perdida, incapaz de reconfortarle.

A la mañana siguiente emprendieron el viaje, los obligaron a empacarlo todo y a muy pocos les permitieron continuar el camino en camello, así sería más fácil controlarlos y evitar que alguno de ellos escapara. Ni siquiera les explicaron qué pensaban hacer con ellos, serían muy tontos si lo hicieran, y estaba más que claro que los soldados del desierto no se andaban con necedades. Uno de los jóvenes que viajaba con Thaleb y su hermano, Essam, quien era un par de años mayor que Thaleb, opinaba que dejarían a las mujeres y la mercancía recién adquiridas en el bastión y con respecto a los hombres y los niños probablemente los armarían y forzarían a unirse a la guerrilla en condición de carne de cañón. Anduvieron y anduvieron y el desierto parecía cada vez más grande e inexplicable y el calor más intolerable. El panorama no era muy alentador. Tal y como Essam lo había predicho, al llegar a la tienda que hacía de refugio de los caudillos bajo el implacable sol, les separaron de las mujeres y les abastecieron a cada uno con el equipo necesario para defenderse, o mejor dicho, para defenderlos a ellos. Su libertad había sido trocada por una ideología que no compartían y una lucha que no les concernía. 
Las armas en sus manos eran algo que Thaleb jamás había visto, eran impresionantes, los ojos de Kassem se abrieron de asombro y casi parecía que brillaban de la emoción. Eran armas alargadas, muy parecidas a un rifle estilo bayoneta común y corriente, más o menos de cincuenta centímetros, de un material más resistente que el hierro pero más ligero que el plástico en general. Delgada, sin espacio para los cartuchos, puesto que no los requería, y una especie de barra luminosa cerca del cañón. Kassem estaba encantado, incluso su hermano mayor se mostraba interesado en esa nueva adquisición. Era alucinante, pero no tuvieron mucho tiempo para seguir admirándola con detenimiento, de todas maneras ya luego se enterarían de lo que era capaz. 
Los agruparon en patrullas compuestas por doce sujetos cada una, ninguno estaba sorprendido de encontrar allí a muchos otros prisioneros, pobres desafortunados que viajaban en el momento menos indicado, y que al igual que ellos ahora participarían en la batalla. Sin poder evitarlo, Thaleb y Kassem fueron separados por primera vez desde que habían dejado su casa, pero no había nada que podían hacer pues ya habían sido testigos de la compasión que mostraban los soldados de desierto a un padre y su hijo. “No te preocupes” alcanzó susurrar Thaleb a su hermano menor antes de que lo tomaran por los hombros y lo arrojaran al otro lado, no pudo soportar la mirada de angustia en su rostro moreno.

Pasaron unos cuantos días antes de que los hermanos se volvieran a ver. Durante ese período de distancia les había tocado fuerte; ya Thaleb había participado en la primera batalla y no fue como lo imaginaba. La inmensidad del desierto parecía ser opacada por la cantidad de jinetes encapuchados que empuñaban armas dispuestas a ser descargadas contra el enemigo. Fue en ese momento en que Thaleb prestó verdadera atención a la apariencia de sus captores; eran inusualmente altos, con un porte de grandeza que no parecía pertenecer a este mundo, lo cual era visible a pesar de que llevaban la cara cubierta con una especie de túnica negra, en sus ojos también se notaba un brillo enigmático, ansioso de poderes con los que un simple humano aún no podía soñar. Todos tenían los ojos tan claros que parecían dos esferas de mercurio, y a pesar de la claridad lo único que se distinguía en ellos era la sensación del vacío. Kassem por su parte se las arreglaba para regresar vivo al campamento, era tan escurridizo y ágil que había logrado escapar más de un par de veces de ser alcanzado por la ígnea luz de láser que despedía el cañón de su rifle especial. También había conseguido darle a un par de hombres del otro bando y derribarlos de sus caballos. La sensación de sacudida al momento de disparar era inigualable, como si el arma se convirtiese en una extensión del propio brazo; el láser parecía emanar no sólo del cañón del arma que portaba en sus manos, sino que vibraba en todo su cuerpo. Incluso al acertar, el sonido inaudible de los haces de luz desintegrando la carne humana, dejando sin rastros de su cabeza a un soldado malaventurado, parecía hacer que algo dentro de Kassem se agitara, su cuerpo temblaba, pero ya no era de miedo ni tampoco de placer. Era la indescriptible sensación del poder en sus manos, el enviciante efecto de permitirse decidir el momento perfecto para dar término a alguna vida, y no las ansias de volver, lo que ahora le apremiaba a seguir luchando. Cualquiera es poderoso para hacer, pero con el arma adecuada, el poder de destruir se convierte en una premisa para la corrupción.

El estruendo de una detonación inesperada sacó a Thaleb de su ensimismamiento. Su cuerpo estaba tan cansado debido a las pocas horas de sueño, pues se había visto obligado a hacer guardia las últimas dos noches, que apenas podía mantener el paso de sus compañeros. Estaba exhausto. Los oficiales al mando de su patrulla apenas les dirigían la palabra, Thaleb estaba seguro de que muy pocos hablaban su idioma y que se comunicaban entre ellos con un extraño dialecto. Hizo ademán de levantarse para ver que sucedía, pero a pesar del esfuerzo inmenso inmediatamente fue lanzado de vuelta contra el suelo. “¿Qué haces, idiota? ¿Acaso quieres quedarte sin cabeza?” –chilló una voz grave cerca de su oído. Thaleb se acomodó detrás de algunos sacos de arena para protegerse la cabeza y empuñó su arma. “¿Qué fue eso?…” Miró al horizonte, y a lo lejos divisó un grupo de guerreros que permanecían a la defensiva, inmóviles, como esperando el momento preciso para atacar. “¿Son armas enemigas o aliadas?” preguntó Thaleb. “¿Cuál es la diferencia?” soltó agresivamente la voz de su compañero mientras sujetaba su rifle. Faris, era su nombre, y había cuidado toscamente de Thaleb durante los días anteriores. Era un hombre alto y muy moreno, de cabellos y ojos negros y una barba muy tupida que le daba un aspecto de fino desdén.

“Para mí todos son iguales… Ganar o perder, no les interesa, este no es ese tipo de guerra. Esto es sólo la manifestación de su deseo de poder, de su necesidad de batalla. El placer de la violencia va más allá de sus intenciones…” declaró alzando la voz, pues las detonaciones ya estaban alcanzando puntos vecinos mientras el grupo que antes se mantenía quieto ahora avanzaba dispuesto a atacar. “Pareces saber mucho sobre ellos…” inquirió Thaleb. “Estos seres forman parte de nuestra historia, Thaleb, están hechos para pelear, está en su naturaleza. Ellos comprenden que la lucha es parte de la vida y que la vida es una lucha constante. No tienen miedo a morir porque son eternos, al igual que esta guerra, por eso no les ha importado esperar más de cien años para volver a combatir. No descansarán ¿sabes? Hasta acabar con todo lo que habita en este desierto que es ajeno a ellos…”

El clan al lado opuesto del lugar se acercaba con cautela pero con evidente decisión, y no sólo en el horizonte norte comenzaban a aparecer inesperados grupos de guerreros, sino también al sur, este y oeste del desierto, diminutos puntos minúsculos se movilizaban rápidamente como guiados por un imán hacia un centro en común, muy cerca de Thaleb y Faris. Después de descargar nuevamente su arma láser, Faris se acomodó tras el improvisado fuerte de sacos de arena que Thaleb había colocado para resguardarse provisionalmente. “¿Recuerdas la ley de oro de este lugar?” le preguntó al joven, el cual asintió levemente. “Viajero no mires hacia atrás pues tu camino simboliza la renuncia por la esperanza de un mejor sendero, entonces pues, no vuelvas la cabeza a lo que ya fue y no será, y sigue siempre hacia adelante, que el viento es el guía más experto y el desierto el más imponente maestro…” recitó Faris solemnemente. “Pues nosotros estamos atrapados acá y lo más probable es que no encontremos la manera de salir adelante, ni el viento podrá ayudarnos, pasaremos a ser parte de este temible lugar, al igual que ellos. –Continuó mirando solemnemente hacia el frente- Lo has visto en sus ojos, ¿cierto? El color de la desesperanza...” Thaleb se sintió agobiado ante aquella perspectiva tan pesimista, no se permitía aceptar el hecho de que tal vez no existiese ninguna posibilidad de que alguno de ellos saliera con vida de aquel desierto una vez terminada la guerra. Todo el punto de seguir luchando era precisamente la esperanza de volver algún día a casa, de conocer ese mundo maravilloso que tanto se había prometido ver. El propósito de la vida era la lucha sí, pero el valor de la batalla era la conservación de la vida, y así se lo expresó a Faris con cierta angustia. “Un hombre verdaderamente digno es aquel que prefiere la libertad antes que la vida, pequeño Thaleb –Replicó Faris condescendientemente- Y estando acá, nosotros prácticamente carecemos de ambas. ¿Vale la pena luchar por una libertad o por una vida condenadas a dejar de existir?”

Si… ¿Lo vale? Se preguntó Thaleb en silencio. Sin darse cuenta, los ejércitos se acercaron lo suficiente como para comenzar a disparar, Faris y Thaleb interrumpieron la conversación y se mantuvieron alertas. Los haces de luz se cruzaban unos con otros y resultaba imposible saber a cuál clan pertenecía cada uno, pues todos se dirigían sin clemencia a ningún objetivo en específico. El viento parecía unirse a la batalla, encantado, la ventisca causada impedía a la mayoría ver hacia donde apuntaban por lo cual resultaba inevitable atinarle a algún camarada, sobre todo si algunos no sabían por qué estaban luchando. La más grande bellum omnium contra omnes había comenzado. Los cuerpos comenzaban a caer cada vez con más facilidad, a cada paso una detonación hacía retumbar el suelo, como si sólo se hallaran minas bajo los pies de los guerreros; en sus manos temblorosas una fuente inagotable de destrucción y en sus corazones el hambre de sangre. Thaleb se movía y seguía disparando con el espíritu ciego y la fuerza de voluntad en su mayor potencia, sin embargo, la conservación de su vida había pasado a un segundo plano, encontrar a su hermano entre el mar de gente era ahora su nuevo objetivo.

Los segundos parecían alargarse en minutos y en horas, el tiempo parecía no existir. Los Rebeldes, de la tribu de Mahred entonaban un canto de guerra mientras arremetían contra sus eternos rivales de Khadar, los soldados auxiliares eran tan sólo un obstáculo más en su camino. Algunos de ellos echaron a correr lo más lejos que podían, intentando alejarse lo más posible del lugar de batalla, pero no pasaría mucho antes de que sus vidas sucumbieran al orden natural del Khâlid Infero. 
Thaleb también se unió a su paso, se hizo con el arma de Faris antes de presentar respetos a su cadáver y se marchó sin mirar atrás, intentando que ningún haz de luz alcanzara su cuerpo mientras se alejaba corriendo. Se detuvo cuando su falta de aliento -más que sus piernas- se lo imploró, y al mirar a lo lejos, el destello de los láseres y el eco de los clamores aún retumbaba claramente, pudo ver que una ventisca recubierta de arena rodeaba el centro de la batalla mientras el sol se escondía lentamente en el oeste. No muy lejos, Thaleb divisó por fin la figura conocida que tanto había estado buscando. Su hermano se acercaba corriendo, tambaleando hacia él con el rifle aún en la mano. Thaleb abrió los brazos para recibirle y sintió la fuerza del viento encontrarse con su abrazo, casi haciéndole caer. “Benita estas, mia frato, bendito seas…” gimoteó cerca de la oreja de Kassem, y se quedó largo rato estrechándolo, mudo, quieto, dando gracias por haberlo encontrado. Luego, siendo consciente de la cruda realidad que les acechaba aún, tiró de la mano de su hermano pequeño y lo instó a que lo siguiera en su empresa de huir. Corrieron con todas sus fuerzas, sin mirar atrás, siguiendo el consejo del viajero, hasta que sus fuerzas cedieron al cansancio y se echaron en la arena. Los rugidos de la contienda parecían haberse acallado y convertido en un silente murmullo. La ventisca no había cesado de soplar con fuerza, levantando la arena a su paso, pero el sol se había ocultado completamente y las estrellas tenían ahora un brillo diferente. Al alzar la vista, Thaleb se quedó congelado, una emoción desbordante inundó su corazón. A lo lejos, detrás de un estrecho palmar, se alzaban unas cuantas edificaciones y las luces titilaban dentro de las ventanas como ofreciendo una invitación a entrar. Por fin, pensó Thaleb, habían alcanzado el linde entre el desierto y la magnífica ciudad que les esperaba con todas sus maravillas.

Un corazón frágil es el refugio de una esperanza cautivadora, pero también la fuente de una ilusión destrozada y una promesa incumplida. Lamentablemente, corre el riesgo de latir desesperadamente por una mentira, y perseguir impaciente las sombras que sus ojos ciegos le muestran. “¿Lo ves, Kassem? –sollozó mientras las lágrimas caían sin piedad sobre su rostro. Sus ojos estaban opacos, su voz queda por la conmoción- Hemos llegado… Al fin… ¿Ha valido la pena?”. Su hermano le dirigió una sonrisa enigmática y le apretó la mano para reconfortarlo.

“Sí…” Susurró Thaleb bañado en lágrimas mientras caía de rodillas y dirigía la mirada perdida a un espejismo construido a partir de ideales rotos. Preso de un delirio febril, cautivado con las sombras de la ficción, sostenía la mano del vacío y nadie le sonreía de vuelta. Muy lejos, tras él, el cuerpo de su pequeño hermano hacía horas que se descomponía bajo la arena, víctima del ardiente efecto de su propia arma, y él se le uniría pronto, dominado por el engaño de su trastorno, cumpliendo así la sentencia del desierto.

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Este cuento fue publicado por primera vez en octubre de 2010 en el portal de Jinetes del Pensamiento y ha sido editado desde entonces.

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