Ensayo II: La Muerte como Espectáculo.

Escrito el 05/10/2013 como primera entrega del taller de Ensayo Literario dictado por Armando Rojas Guardia.
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La mañana del domingo me había desperezado y preparado para salir al ensayo pautado. Antes de salir de casa, el eco de un tiroteo -que parece ser el sonido de alarma del despertador de cualquier barrio venezolano, y sus cercanías- debió ponerme en guardia, pero todavía quedaban rastros de letargo impresos en mis capacidades motrices como para preocuparme por cualquier otra cosa que no fuese no confundir la sal con el azúcar para endulzar el café.

Al bajar por la avenida, un pequeño grupo de espectadores se congregaba en la calle a mi izquierda, cuchicheando y señalando el bulto inmóvil que yacía frente a ellos, ahogado en un charco rojo oscuro. Los pies iban descalzos (un zapato abandonado al costado) y sobresalían de la tela blanca que disimulaba el resto del cuerpo de algún hombre desafortunado que hacía poco había dejado de ser hombre. Algunos oficiales de policía rodeaban el cuerpo y se paseaban desinteresados a su alrededor. Uno de ellos se apoyaba contra el muro de la plaza, como si esperara algo, con evidente aburrimiento. Los otros hablaban entre ellos, compartiendo risas y lanzando miradas furtivas hacia la sábana blanca, como si el cuerpo que custodiaban fuese un niño jugando a las escondidas, y ellos los adultos que se han cansado de fingir que no saben dónde este se ha ocultado.

Me atrevo a admitir que me enfrenté a esta escena con una chocante cotidianidad. Sentía en la boca del estómago una mezcla de pena y turbación que no me eran tan extrañas. No era la primera vez que me tropezaba con ese tipo de violencia, y esa primera impresión hizo evocar en mí la imagen del quiebre. Lo que reforzó esa idea de ruptura, de desgarramiento, fue observar cómo el acto dividía la avenida en dos proscenios: a un lado, una audiencia curiosa y excitada, y al otro, un escenario figurado por un actor indiferente. La calle se había convertido, ante mis ojos, en una especie de anfiteatro improvisado en donde los padres cargaban a los niños y los sentaban en sus hombros para que observaran mejor, las madres comentaban entre indignadas y entretenidas, lo sucedido, y los demás curiosos sacaban sus teléfonos celulares para capturar el momento con una cámara. 

La avenida por la que circulaba para dirigirme hacia mi destino era una grieta que separaba un cuadro de otro. Yo me había convertido, a la vez, en una quinta pared; una audiencia de la audiencia que había palpado en el ambiente el color, la textura y el hedor característico del distanciamiento, del no-reconocimiento, y había decidido apartarse también. Tal vez, al verme apartada de ese modo, podía apreciar y comprender mejor la trama de aquel espectáculo enfermizo que había tenido que presenciar. O tal vez no. 

Más adelante, aquella pena y aquella turbación que había sentido al principio me revolvieron el estómago. Lo que provocó la náusea fue la perspectiva del acto de la muerte como un espectáculo. Y es que no parecía tratarse acá de un acto soberbio, de esos que transportan y transforman, y que descolocan precisamente porque hacen encajar piezas que antes no coincidían. No, esto tenía otro matiz, que se entremezclaba con los torpes acentos y los estridentes tintes de la vulgaridad. Pero no de cualquier vulgaridad, sino de la que nace del seno mismo de que se alimenta la barbárica risa del que ríe frenéticamente sin comprender el chiste. Más allá del elemento moral, fruto directo del bagaje cultural y social que me constituyen como individuo, la atracción mórbida con la que esta audiencia afrontaba el acto de la muerte me resultó completamente desagradable, precisamente porque descansaba sobre aquel no-reconocimiento, síntoma propio de una cultura enferma que, diría Hegel, se encuentra escindida.

Resulta curioso, siguiendo lo anterior, que la palabra morboso provenga del latín morbus, que también significa enfermedad, o que, más bien, denota la condición de estar enfermo. Pero no remite a ello sólo en términos físicos, sino específicamente en términos morales, refiriéndose a una fascinación malsana y obsesiva con respecto a lo desagradable, lo cruel y, en algunos casos, lo malvado. ¿Pero qué es en realidad lo malvado, lo cruel y lo desagradable? Yo no quería desembocar en una apreciación moral personal con respecto de lo bueno y lo malo, y su supuesta autoridad o relatividad, y precisamente por ello me preguntaba ¿por qué una visión que consiente el entusiasmo hacia algo que, bajo ciertas consideraciones, se toma como malsano, podría despertar en mí la sensación de náusea? ¿Qué era lo que en realidad me inquietaba? En primer lugar, más que el acto mismo de la violencia bajo la forma de la muerte, era su carácter de cotidiano lo que me llamaba la atención. En segundo lugar, una vez establecida la imagen de la calle como teatro, es decir, como lugar para ver, precisamente, el spectaculum, no podía dejar de pensar en el poder que tenía un acto violento para congregar a las multitudes, para capturar su atención e infundir en ellas los afectos del deleite, del asombro, del dolor e incluso, del placer. Ésa era la palabra clave: placer. Yo observaba en esta inverosímil experiencia, una inversión de los valores estéticos y morales con respecto al objeto de placer, o, mejor dicho, al objeto que produce placer. Y mientras me dirigía hacia mi ensayo, me preguntaba cuál podría ser la fuente directa de ese placer: ¿acaso era la muerte misma, o quizá la violencia de esta muerte en particular, la que despertaba este interés casi infantil? 

Es cierto que la muerte tal vez resulte uno de los tabúes más grandes en la historia de la humanidad, me atrevo a afirmar que casi especialmente para la cultura occidental. No nos gusta hablar de la muerte, aunque nos estamos enfrentando constantemente a ella. La muerte es siempre una experiencia de terceros, no algo que podemos vivir desde nosotros mismos, de ahí que el distanciamiento hacia la misma probablemente nos sea inherente. Para nuestra cultura, la muerte es el fin de la vida, aquello hacia lo cual nos dirigimos, nuestra causa final. De ahí que nuestra aproximación a la misma exija un tratamiento especial de respeto: y así guardamos silencio en los funerales, expresamos nuestro pésame incómodamente ante algún doliente, y nos resulta especialmente difícil conducirnos frente a la muerte, ya se nos presente como circunstancia, acción o consecuencia. Para algunas culturas orientales, sin embargo, la actitud hacia la muerte genera el mismo sentimiento de respeto, pero fundamentado sobre la creencia de que la muerte es indispensable para la vida, y que, por ello mismo, es su opuesto. Acá, la muerte no es el final sino lo otro de la vida, es decir, no el enemigo que hay que evitar a toda costa, sino algo necesario que se sigue de la naturaleza de las cosas. La fascinación por la muerte parte de la reflexión de los hombres acerca de su propia finitud… pero había tanta diferencia entre este tipo de fascinación y aquella de la que fui testigo. Yo no podía borrar de mi mente la imagen de la sábana blanca descubriendo miserablemente dos pies descalzos, y evitar pensar que esa fascinación en particular era morbosa precisamente porque se seguía del des-reconocimiento entre la vida y la muerte. ¡Cosa difícil, reconocerse en lo otro de uno mismo! Recordaba entonces a Hegel, cuando afirma que es necesaria la crisis y el desgarramiento para poder ver bajo la figura de lo polémico y de lo aparentemente contradictorio momentos mutuamente necesarios.

¿Cómo se supone que deberían haber actuado estos espectadores? ¿Al introducir el deber ser no pecaba yo de ingenua juez moral? ¿Haber reaccionado con completa aversión hacia la escena habría ennoblecido el aura de respeto con la que “deberíamos” comportarnos frente a la muerte? ¿Hasta qué punto este respeto no devenía en miedo y, en el mismo sentido, en ruptura?

Parece ser que el factor seductor en la calle-teatro, era precisamente el hecho de que se trataba de una muerte atropellada, es decir, en otras palabras, de una vida desgarrada violentamente. El umbral de tolerancia a la violencia por la violencia misma parece haber evolucionado a favor de una especie de distanciamiento con la valoración del dolor; no se trata tanto, pues, de disfrutar con el dolor o sufrimiento ajeno, sino más bien de permanecer insensible ante ellos. Y es esta insensibilidad casi autoaplicada la que, tal cual el efecto placebo, suscita o despierta la sensación placentera. 

La representación de esta insensibilidad moral y honda morbidez se manifiesta en su máxima expresión en las películas propias de lo que es llamado “cine snuff”. Aunque se duda de la real existencia de este tipo de películas, se sabe que el fin hipotético de las mismas es transformar la experiencia real de la muerte en objeto de entretenimiento ¿Cómo? Exhibiendo escenas crudas que involucran toda una gama de elementos tabúes y mórbidos sin ayuda alguna de efectos especiales. Esta poco conocida rama del cine bien podría llamarse el pináculo de una estética morbosa que tiene como principio aquella inversión de los valores morales y estéticos (y con ellos sociales, políticos, etc.) con respecto al placer, el dolor, lo bueno, lo malo, etc. Pero, por supuesto, va más allá. No cabe duda, pues, que algo como esto bien puede ser el síntoma de una cultura enferma que pretende, no la insurrección de los órdenes ético-políticos establecidos, sino develar su propia condición de enferma regodeándose en ella misma. Es por ello que no sorprende que las necesidades de exponer tal consideración acerca del placer y el dolor resulten, para muchos, una degeneración moral, y, para muchos otros, sólo un síntoma más de la indiferencia ante la barbarie que caracteriza lo cotidiano.

Lo desconocido despierta el temor en los corazones de los hombres, intimida y seduce. Quizás las risitas nerviosas frente al cadáver de aquel hombre no eran más que el indicio del desconocimiento y de la incertidumbre ante la muerte. En Venezuela, sin embargo, la muerte como tabú toma otro matiz, delimitado por la violencia, el miedo, la resignación y, como mencioné anteriormente, el morbo en tanto que revalorización del objeto que produce placer. En nuestro caso, parecemos estar anestesiados ante la violencia de la que somos testigos y víctimas todos los días. Ante tanto padecimiento, es más fácil y más llevadero auto-administrarse la dosis analgésica necesaria para entumecer la dureza de la vida diaria y el dolor propio de la existencia que, por supuesto, no viene desligado del placer de la misma. A veces, quizá también el placer precisa de adormecerse.


Alicia Zapata.

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