Cita LXXXVII

‒Se viene la revuelta, lo sé... eso lo sé.
‒Vengo revuelto, madre, es todo. Vienen de vuelta. No son solos...
‒Ya te digo, que no serán menos que antes, que no dirán menos que antes, que no sabrán nada, como antes.
‒Soy antiguo, madre, poco menos que tú. Hay un hambre antigua en estos pasos, por eso las piedras que faltan, por eso el aliento a emboscada. Hay un sueño antiguo en esos ojos, por eso los huecos en la noche, por eso las bandas sonámbulas.
‒¿Pero no los ves? ¿Cómo no los ves? ¿Hasta cuándo no los ves?
‒No nos vimos, madre. Vinimos. Llegamos delante del tren, en el vapor que lo precede; en la máquina desleída, en las bolsas de piedra, en las latas de noche, en el saco sin fondo de una lengua llena de gerundios.
‒¿Pero por qué gritas? ¿Por qué se te cae la mano y gritas? ¿Por qué se te caen los santos y gritas?¿Por qué se te caen los años y gritas?
‒Vimos aullar a la noche, madre. Vimos aullar a las piedras. Y aullamos. Y bajamos en la primera plaza y aullamos. Y bajamos en la siguiente plaza y aullamos. Y bajamos y salimos a la calle y aullamos. Después fuimos llanto, ahogo, mancha. Después fuimos silencio.
‒¿Se va la revuelta? ¿Te vas con ella? ¿Te lleva? ¿La llevas?
‒ Ya no nos cabe, madre. Ya no nos cubre. Nos sobra y nos muere la piedra ronca, la noche ronca. Somos silencio.

César Segovia.

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