Cuento III: Transgresión


La encontró en la terraza –llevaba todo el día buscándola, pero ella se le escurría-, sentada en el suelo, justo sobre el límite entre la habitación y el pequeño jardín. Estaba descalza con las piernas estiradas y los pies en punta; parecía calentar el cuerpo para bailar. La cabeza la tenía apoyada en las rodillas, las palmas de las manos, bien abiertas, haciendo contacto con la poca grama que cubría el suelo. Los músculos de sus muslos, que se divisaban a través del pantalón blanco, estaban tensos por el estiramiento, pero en la colocación de los brazos, en la dejadez de sus hombros, se entendía un ánimo extrañamente relajado.
── Con que aquí estabas. La señora Marcela te está buscando, quiere que participes en la actividad grupal. –Ella parecía no escucharlo, y no hizo ningún indicio de estar interesada en sus palabras, así que él aprovechó el silencio y continuó. – Cree que un poco de ánimo musical te vendría bien…
En el fondo de la casa se escuchaban murmullos y ecos de risas desacompasadas, seguidas irregularmente por unos cuantos instrumentos desafinados, naufragados en manos poco hábiles. El ambiente parecía algo alegre, pero afuera anochecía y estaba nublado y ella prefería siempre los escenarios más melancólicos, los consideraba metafóricamente más atractivos. 
── Siendo sincero, creo que aquí se está mejor… –consideró Santiago arrugando la cara y levantando instintivamente los brazos para taparse los oídos con las manos cuando el disonante rugido de un trombón le sorprendió. Adelantó unos pasos y se detuvo justo a su lado, abriendo un poco más la puerta corrediza para hacerse espacio. – Huele muy bien…
Ella levantó la cabeza sin decir nada y, manteniendo los ojos cerrados, aspiró profundamente, como queriendo atrapar la promesa de la lluvia en sus pulmones, y exhaló lento, con las manos aún en la tierra. Después abrió los ojos y lo miró.
── Va a llover. – Le dijo, su voz calmada e inexpresiva, su gesto somnoliento, aburrido, casi infantil.
── ¿Me puedo sentar? – Pidió él, y ella lo miró un instante y luego se limitó a encogerse de hombros y volver su vista hacia el frente.
Santiago tomó asiento a su lado y se desperezó un poco, observando cómo ella estiraba los brazos hacia arriba y se acomodaba para acostarse completamente en el suelo, boca abajo, con la mejilla derecha rozando la grama. Los dedos de sus manos se aferraban a la tierra seca, las uñas clavándose poco a poco dentro, luchando contra la solidez, los dedos de los pies buscando hacer lo mismo. Sus ojos volvían a estar cerrados y su respiración era fuerte pero pausada; abría la boca de vez en cuando sin soltar el aire, sin inhalar tampoco, y la volvía a cerrar. Semejaba a un pececillo desubicado nadando en el mar equivocado.
── ¿Qué haces? – Inquirió Santiago sonriendo, curioso. Cada una de sus palabras, cada acto, cada mueca, parecían estar envueltos en una ola de misticismo extravagante. El de ella era un comportamiento de esos que te hacen preguntarte si su fuente es una excentricidad innata o simplemente un capricho insensato.
── Intento… mimetizarme con la tierra. Sentir como ella siente, respirar como ella respira. Ser en ella... Ser con ella. – respondió después de un rato, como adormecida.
── ¿Estás siendo sarcástica o te dieron algo de lo bueno y yo me estoy robando el material equivocado? – Bromeó él. Ella siguió en su asunto sin inmutarse. Abriendo y cerrando la boca, hundiendo cada vez más los dedos en la tierra. Él hundió los suyos en el bolsillo de su uniforme y, mirando furtivamente hacia el interior del salón, sacó un abollado paquete de cigarrillos. Con la mitad de una sonrisa dibujada en los labios encendió uno y dio una profunda bocanada. – ¿Te molesta?
── Ya lo encendiste… No importa mucho ahora. – Respondió ella, que ya había abierto los ojos, se había sentado y sacado las manos del hoyo que había hecho en el suelo, y observaba atentamente las manos arenosas, húmedas, la tierra metida dentro de sus uñas, los restos de sangre y vida escurriendo entre sus dedos.
── Puedo apagarlo, si quieres. – Ofreció Santiago, dando término a una corta bocanada y sacándose el cigarrillo de la boca, haciendo amago de lanzarlo al suelo.
── Quiero que llueva.
Santiago vaciló un instante y luego devolvió el cigarro a la boca y continuó con lo suyo, inhalando, exhalando, intentando hacer figuras con el humo, oblicuas, redondas, amorfas. Ella se volvió para mirarlo con interés, se fijaba en sus labios acariciando la colilla, rozando sus dedos, redondeándose atractivamente al expulsar la fumada, y relamía los suyos.
Estuvieron sentados en silencio por un largo rato, ella respirando con la boca abierta, mirándolo, atravesándolo; él fumando, evitando la punción de esas pupilas, sintiéndose atravesado.
── No debí haberte gritado ayer... No-... no quise gritarte. – Soltó él de repente, avergonzado, lanzando los restos de colilla en el suelo y pisándolos con un poco de frustración. Ella no respondió, lo observaba distraída. – Tuve un mal día y la tomé contigo, disculpa. – Añadió volviendo hacia ella. Su mirada fija lo ponía algo nervioso, quizá porque parecía tan extraviada como avizora, transgresora, penetrante, como si viera todo y nada a la vez, descifrando, examinando sus movimientos, sintiendo su disgusto. Pero no dijo nada. – Entiendo si sigues molesta conmigo.
── Quiero aprender a hacer eso.
── ¿Qué cosa? – Arrugó un poco el ceño al preguntar. Ella le imitó dando bocanadas de humo ficticio y él no pudo evitar sonreír. Siempre hacía lo mismo, ignoraba sus preguntas, contestaba irónicamente, le interrumpía incansablemente y perdonaba fácilmente. Como una niña. 
── No creo que sea bueno para ti. – Exhaló una risa ahogada y volvió a mirar con alerta hacia el interior del salón. El bullicio no había cesado aún, ahora se escuchaban voces eufóricas entonando juntas una melodía alegre entre carcajadas y gritos burlones. – De hecho, no es bueno para ti. Podría perder mi trabajo ¿sabes? – agregó al sentir los ojos de ella sobre él, atropellándolo, traspasándolo, exigiéndole sin decir una palabra. Oh sí, lo sabía. Transgresora.
── Quiero aprender.
Él escudriñó sus bolsillos nuevamente en busca de rollo y llama y encendió uno en sus propios labios. Indeciso, le pasó el cigarro a ella, que lo tomó con firmeza, lo acercó a la boca y lo besó tiernamente. El gesto lo hizo sonreír de nuevo. Seguramente ella lo escuchó mientras le murmuraba instrucciones, pero no le hizo caso, solo besaba el pitillo. A Santiago le parecía exquisitamente tierna la resonancia metafórica de la situación, seguramente ella estaba consciente de todo eso. Era como si para ella caer en el vicio era dar un beso, dar un beso es caer en el vicio, o algo así. Ella era todo metáforas y él pura sustantividad.
Cuando por fin inhaló el humo escapó violentamente por su boca, embotándole la nariz. Después de unas cuantas descargas efímeras, se hundió en una nube de espasmos leves que fueron acrecentando poco a poco, hasta que la tos se confundió en convulsiones que no la dejaban respirar. Santiago se alarmó y comenzó a darle golpes en la espalda con el talón de la mano, dibujando círculos concéntricos en la superficie sobre su espina dorsal, mientras ella se deshacía en contracciones y se sentaba con la cabeza entre sus rodillas, tosiendo, riendo, y el cigarro aun ardiendo entre sus dedos fangosos. Al ver que las sacudidas no cesaban, Santiago se arrodilló frente a ella y tomó su cabeza con ambas manos, tiernamente rozando sus pequeñas orejas, y le empujó el mentón hacia arriba con delicadeza. Ella se dejó mover por él y se mantuvo en posición. Con una mano en la espalda de ella, golpeando con suavidad, y la otra en su pecho, Santiago sentía como se iban regulando sus latidos (¿o eran los de él?) y ella comenzaba a respirar mejor.
Una vez la encontró calmada, se levantó y entró con prisa al salón. Ella se quedó quieta, inmóvil, inspirando con el mentón alineado hacia las nubes, abriendo y cerrando los ojos. De vez en cuando abría y cerraba la boca. 
Cuando Santiago volvió con un vaso de agua, ella sonreía, la colilla deshaciéndose en sus manos, todavía encendida. Se sentó de nuevo a su lado y ella recibió el agua, sin dejar de sonreír. Pero ésta era una sonrisa rota, disfrazada. Estaba riendo cuando comenzó a llorar, y por un instante Santiago se asustó, pensando, por las sacudidas, que aún le costaba respirar. Con ligera agresividad le quitó la colilla de las manos y la arrojó al suelo, luego la haló hacia sí. Ella lloraba y él la acariciaba, le besaba la frente, el cabello, las lágrimas.
── ¿Mejor? –Cuando por fin la agitación se calmó, ella se separó lentamente de su pecho y miró hacia arriba, inhalando, exhalando con la boca abierta, como pez. Santiago ahogó una carcajada de alivio y ella se volvió a mirarlo fijamente. Ya estaba calmada, pero en sus ojos habitaba una violencia que lo estremecía. Transgresora. 
Era algo en su mejilla húmeda y salada, en sus uñas llenas de tierra, en sus labios abiertos, que lo traspasaban. Se acercó lentamente y tomó su mejilla, ansiando la cercanía. Pensó que ella lo rechazaría, pero el toque no perturbó su expresión. Sin soltarla, la besó suavemente, cautelosamente, como si tuviese miedo de quebrarla, de perderla. Ella tomó le tomó la mano y la puso en su pecho, sus ojos fijos en los de él, exigiéndole, perforándolo, recordándole. Santiago aceptó la invitación, sus dedos ardían queriendo explorar, pero en cambio se quedaron quietos, sintiendo el volumen inusual que se alzaba debajo de la tela. Soltó sus labios un instante y, sin alejar el rostro más que unos centímetros, se permitió remover del camino los botones que le estorbaban y una colina sinuosa lo recibió. La piel, suave como se la imaginaba, pero atravesada por surcos marchitos, grietas olvidadas. Atropellada, atravesada, transgredida. Acarició tímidamente la cicatriz más gruesa, y el cuerpo de ella se estremeció ligeramente al tacto, luego su mano atrapó la de él y la colocó lejos. Santiago dudó un instante, luego buscó sus labios de nuevo, pero ella lo detuvo con un vistazo, sin decir nada.
Se separaron incómodamente, él visiblemente desalentado, ella aparentemente distraída. Los botones volvieron a su sitio y ella se llevó una mano al pecho, la otra en el piso, su cuerpo inclinándose hacia adelante; inhalando, exhalando, abriendo y cerrando la boca. Una suave brisa alborotaba su cabello y vapuleaba por el suelo la colilla a medio fumar.
── ¿Cómo te sientes? – Quiso saber él después de un rato de silencio. 
── Duele. 
── ¿Dónde duele? – Por un instante se alarmó, pero ella miraba hacia el frente, respirando, con su sonrisa rota.
── Por todos lados. 
── ¿Qué quieres decir? – Pero no hacía falta preguntar, él sabía. Colocó una mano vacilante sobre la de ella, y reposaron juntas, calladas, unos minutos más. La brisa comenzaba a azotar más fuerte, olía a tierra, a humo y amargura.
──  Duele. –Repitió ella. 
── ¿Qué cosa? 
──  Tener expectativas y verlas caerse a pedazos. – El apretó dulcemente sus dedos, queriendo asirla de nuevo, pero ella volvió la cara hacia arriba, subiendo el mentón y respirando con la boca abierta.
── Aura…
──  Va a llover.

Comentarios

Entradas populares